cultura . folkloristas . regiones . shows and events . members . gallery . forum . links . shop  


 
about raices . bookings . contact us  

Cultura

Ficción
 

Sólo una noche
Renato Pérez García
 

La obscuridad se había adueñado ya del pueblo, tal como me lo habían advertido. Poco a poco las tierras se fueron inundando del vacío eterno de la noche. De un solo trago el silencio se había bebido entero al pueblo.

Ahora en la soledad intensa de mi habitación golpeada, sólo una pequeña vela en la mesa embarrada de cera iluminaba el pensamiento.

Era imposible concentrarse. Minuto a minuto volvía a revivirlo todo. Podía de nuevo oler la sangre fresca brotando de su piel ya no perfecta, escurrirse por sus vellos y derramarse entre la sequedad de la tierra, absorbiéndose hasta que no quedaba sino una mancha negra en el eterno suelo.

Cómo explicarle al mundo entero que fue solo un momento de pasión, loca y desenfrenada, que se salio de mi boca para tocar sutilmente la suya. Sólo con un chillido, como un inmenso grito en la lluvia espesa, que el mundo ignora, y yo disfrutaba pecaminosamente cada minuto, deseando que fuese eterno.

Todos me veían como el culpable de su desgracia, pero desgracia era la mía que lo había perdido todo en tan sólo una noche. Ellos, ellos aún tenían sueños que a pesar de la obscuridad, les iluminaba el cuerpo fluorescente mientras dormían. Yo si que lo había perdido todo. Todo estaba derramado en mil pedazos por los suelos.

No les importaban todos mis esfuerzos, todas las glorias que les traje, todos los gozos que les hice vivir. Para ellos yo sólo era aquella noche.

Fue todo un tormentoso instante; Miradas profundas que salpicaban chispas de fuego calcinante y agobiador. Después no hubo más miradas, solamente nuestras almas mantenían un esclavizante contacto. Noche tras noche mi pensamiento vivía en el suyo, era un juego infinito de dar vueltas entre las sábanas solitarias de mi habitación. Solo podía sentir mi cuerpo húmedo sudando una gruesa lluvia helada. Sentía mi habitación mas inmensa e infinita que nunca.

Mis intentos en ocultarlo todo en lo más profundo de mi almohada fueron en vano. Nada está oculto si es que hablas con los ojos. Me dijo la anciana que tenia fama de bruja. Tus ojos negros me lo han contado todo. Hablándome sigilosamente continuo mientras cubría su cara del sol brillante con sus manos blancas tus poros emanan el verde hálito de las hadas del infierno. Y sonrió.

Se me había cortado el aliento por un largo tiempo, sentía mi cuerpo disolverse con el viento, y un frío aterrorizador se había adueñado de mi débil cuerpo, mientras ella hablaba. Después sacudiéndose las hormigas de su falda inmensa y negra como la noche se paró detrás de mi y poniendo sus delgados y largos dedos en mi hombro me dijo al oído. "La tierra se obscurecerá y el vacío se llenara de silencio, cuando muera el pecado." Caminó hacia el río, se mojo la cara y se marchó meneándose como un lagarto hambriento. A lo lejos se veían venir las nubes pesadas, cargadas de agua.

Caí de rodillas, sentía mis huesos quebrarse con cada roce del viento, y me quedé enmudecido por largas horas en mi soledad. Cuando las lágrimas se habían confundido con la lluvia me levanté asiéndome a un árbol y corrí torpemente hasta mi lecho. Cerré con tranca mi puerta y deje caer mi cuerpo empapado sobre mi impura cama, descargando todos mis pensamientos sobre ella.

De nuevo nuestras almas se encontraron. Ni siquiera el temor fue más grande que la pasión. No hubo palabras. Era verdad, nuestras miradas hablaban. La puerta de mi lecho se trancó. Por la ventana aún entraba un poco de la luz de sol ya por desaparecer, que iluminaba verde la habitación simple y sin decoración.

Al igual que nuestras mentes nuestros labios hicieron contacto. Una explosión interna hizo iluminar la habitación aún más verde. Nuestros cuerpos sudaban y temblaban con una misma razón. y la pasión se derramó a borbotones por todo el suelo. Sentía sus uñas encajadas en mi hombro, cuando de la ya casi obscura ventana se sintió una mirada intensa que nuestros cuerpos no pudieron ignorar.

La anciana blanca de manos largas y delgadas, reía a carcajadas mientras señalaba con el dedo hacia dentro de la habitación. La gente, toda reunida tras mis ventanas y puerta con antorchas encendidas de fuego rojo y metales filosos en sus manos, comenzaron a golpear mi casa.

Los cristales volaban en mil pedazos clavándose en nuestras tiernas carnes, forzando la vida a escapar de nuestros cuerpos, inundando la verde habitación de un rojo ardiente. Los focos ya no llenaban de luz ninguna habitación. El sol se escondió por completo, dejando el pueblo en total obscuridad. Y el silencio escapó de nuestras bocas devorando todo en un instante.

Mis ojos también perdieron luz, y dormí profundamente. Al despertar encontré sobre mi cuerpo un bello cuerpo vacío y sin color, desnudo, rasgado y perforado igual que el mío. Traté de llorar, pero fue imposible, pues mi cuerpo ya estaba seco. Camine en mi habitación por la obscuridad y el silencio y en mis pies descalzos se encajaban pequeños cristales. Metí la mano en un cajón, saqué una pequeña vela y unos fósforos. La coloqué en la mesa embarrada ya de cera y la encendí.


1998

 


The piece above is sole property of the author. Any duplications or publications elsewhere require his permission in advance.

[ home . cultura . folkloristas . shows and events . members . gallery . forum . links . shop ]
No. 44, New Series 864,962.
© Copyright 2003 Raices de Mi Tierra, A federal and California non-profit organization.
Design © 2003 Sarabia Digital Media - webmaster@raicesdemitierra.com