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La obscuridad se había adueñado ya
del pueblo, tal como me lo habían advertido. Poco a poco las tierras
se fueron inundando del vacío eterno de la noche. De un solo trago
el silencio se había bebido entero al pueblo.
Ahora en la soledad intensa de mi habitación golpeada, sólo una
pequeña vela en la mesa embarrada de cera iluminaba el pensamiento.
Era imposible concentrarse. Minuto
a minuto volvía a revivirlo todo. Podía de nuevo oler la sangre
fresca brotando de su piel ya no perfecta, escurrirse por sus vellos
y derramarse entre la sequedad de la tierra, absorbiéndose hasta que
no quedaba sino una mancha negra en el eterno suelo.
Cómo explicarle al mundo entero
que fue solo un momento de pasión, loca y desenfrenada, que se salio
de mi boca para tocar sutilmente la suya. Sólo con un chillido, como
un inmenso grito en la lluvia espesa, que el mundo ignora, y yo
disfrutaba pecaminosamente cada minuto, deseando que fuese eterno.
Todos me veían como el culpable de
su desgracia, pero desgracia era la mía que lo había perdido todo en
tan sólo una noche. Ellos, ellos aún tenían sueños que a pesar de la
obscuridad, les iluminaba el cuerpo fluorescente mientras dormían.
Yo si que lo había perdido todo. Todo estaba derramado en mil
pedazos
por los suelos.
No les importaban todos mis
esfuerzos, todas las glorias que les traje, todos los gozos que les
hice vivir. Para
ellos yo sólo era aquella noche.
Fue todo un tormentoso instante;
Miradas profundas que salpicaban chispas de fuego calcinante y
agobiador. Después no hubo más miradas, solamente nuestras almas
mantenían un esclavizante contacto. Noche tras noche mi pensamiento
vivía en el suyo, era un juego infinito de dar vueltas entre las
sábanas solitarias de mi habitación. Solo podía sentir mi cuerpo
húmedo sudando una gruesa lluvia helada. Sentía mi habitación mas
inmensa e infinita que nunca.
Mis intentos en ocultarlo todo en
lo más profundo de mi almohada fueron en vano.
—Nada
está oculto si es que hablas con los ojos.—
Me dijo la anciana que tenia fama de bruja.
—Tus
ojos negros me lo han contado todo.—
Hablándome sigilosamente continuo mientras cubría su cara del
sol brillante con sus manos blancas —tus poros emanan el verde
hálito de las hadas del infierno.—
Y sonrió.
Se me había cortado el aliento por
un largo tiempo, sentía mi cuerpo disolverse con el viento, y un
frío aterrorizador se había adueñado de mi débil cuerpo, mientras
ella hablaba. Después sacudiéndose las hormigas de su falda inmensa
y negra como la noche se paró detrás de mi y poniendo sus delgados y
largos dedos en mi hombro me dijo al oído. "La tierra se obscurecerá
y el vacío se llenara de silencio, cuando muera el pecado." Caminó
hacia el río, se mojo la cara y se marchó meneándose como un lagarto
hambriento. A lo lejos se veían venir las nubes pesadas, cargadas de
agua.
Caí de rodillas, sentía mis huesos
quebrarse con cada roce del viento, y me quedé enmudecido por largas
horas en mi soledad. Cuando las lágrimas se habían confundido con la
lluvia me levanté asiéndome a un árbol y corrí torpemente hasta mi
lecho. Cerré con tranca mi puerta y deje caer mi cuerpo empapado
sobre mi impura cama, descargando todos mis pensamientos sobre ella.
De nuevo nuestras
almas
se encontraron. Ni siquiera el temor fue más grande que la pasión.
No hubo palabras. Era verdad, nuestras miradas hablaban. La puerta
de mi lecho se trancó. Por la ventana aún entraba un poco de la luz
de sol ya por desaparecer, que iluminaba verde la habitación simple
y sin decoración.
Al igual que nuestras mentes
nuestros labios hicieron contacto. Una explosión interna hizo
iluminar la habitación aún más verde. Nuestros cuerpos sudaban y
temblaban con una misma razón. y la pasión se derramó a borbotones
por todo el suelo. Sentía sus uñas encajadas en mi hombro, cuando de
la ya casi obscura ventana se sintió una mirada intensa que nuestros
cuerpos no pudieron ignorar.
La anciana blanca de manos largas
y delgadas, reía a carcajadas mientras señalaba con el dedo hacia
dentro de la habitación. La gente, toda reunida tras mis ventanas y
puerta con antorchas encendidas de fuego rojo y metales filosos en
sus manos, comenzaron a golpear mi casa.
Los cristales volaban en mil
pedazos clavándose en nuestras tiernas carnes, forzando la vida a
escapar de nuestros cuerpos, inundando la verde habitación de un
rojo ardiente. Los focos ya no llenaban de luz ninguna habitación.
El sol se escondió por completo, dejando el pueblo en total
obscuridad. Y el silencio escapó de nuestras bocas devorando todo en
un instante.
Mis ojos también perdieron luz, y dormí profundamente. Al despertar
encontré sobre mi cuerpo un bello cuerpo vacío y sin color, desnudo,
rasgado y perforado igual que el mío. Traté de llorar, pero fue
imposible, pues mi cuerpo ya estaba seco. Camine en mi habitación
por la obscuridad y el silencio y en mis pies descalzos se encajaban
pequeños cristales. Metí la mano en un cajón, saqué una pequeña vela
y unos fósforos. La coloqué en la mesa embarrada ya de cera y la
encendí.
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1998 |